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Angel Luis | |
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BALANCE
DEL AÑO 2000 Queridos Compañeros, Compañeras y Acompañantes: Me llamo Ángel Luis Palacios y voy camino de los doce años de rehabilitación del alcoholismo. Los seis primeros meses del año han marchado sobre ruedas tanto en el ámbito asociativo como en el familiar, pero a partir del 30 de junio, que se marchó mi hija a trabajar a Palma de Mallorca, al tiempo de despedirme sólo pude darle un beso, pues mis ojos estaban llenos de lágrimas, y de mi boca no salió ni una palabra por el nudo que se me había puesto en la garganta. Después, en el mes de agosto, me fui de vacaciones a Málaga, a pasar unos días con mis hijos y mis tres nietos y enseguida noté que las cosas no iban bien en el matrimonio y que el comportamiento de mis nietos había cambiado mucho en un año, y yo pensé que lo que les pasaba era a consecuencia de los problemas de sus padres. Hoy, gracias a Dios, parece que todo se va solucionando y estas Navidades les tendré en casa. A últimos de septiembre tuve unas palabras fuertes con mi hijo mayor y tuve que echarle de mi casa. Hoy reconozco que, aunque yo tenía toda la razón, debí de comportarme de otra forma, pues creo que estoy preparado para ello; pero fue un impulso incontrolado que hoy me pesa como una losa. Por si eso no fuera suficiente, a primeros de octubre ingresaron a mis suegros en una residencia, y aunque yo reconozco que es un bien para ellos, no puedo dejar de pensar que después de estar casi 40 años juntos, pues de León nos marchamos a Suiza, luego volvimos a Palencia y después a Valladolid, donde llevamos 33 años de vernos casi a diario, pues vivíamos en la misma calle y no teníamos más que cruzarla para verles, ahora les visitamos en la residencia todos los domingos y festivos y a mí, a la hora de la despedida, se me pone un nudo en la garganta que no lo puedo remediar. Por las noches, aún tomando medicación, duermo muy mal y muchos días estoy en la cocina a las 6 de la mañana desayunando y recordando todo lo aquí expuesto, y se me llenan los ojos de lágrimas por el sufrimiento que estoy aguantando, pero a las 7’30 de la mañana cojo el periódico y me voy a la Asociación y allí me siento tranquilo, pues hay algún compañero que llega pronto. También tengo que mencionar la enfermedad de nuestro presidente Eutimio, pues cuando un compañero de todos los días juntos enferma es muy doloroso, como cuando te acuerdas de otros compañeros que nos han dejado, ya que sientes una verdadera angustia; pero gracias a todo lo aprendido en la Asociación , como es el resistir a todos los envites que puedan llegar en cualquier momento, vengan de donde vengan, tienes que estar preparado para no recaer en la tentación de volver a probar el alcohol, que siempre ha sido nuestra perdición. Todo esto se consigue aprendiendo a integrarse en el Grupo y a estar abstinente, más tarde a ser dialogante, cariñoso, desprendido, asertivo, compasivo, afectivo, paciente y ético y tener bien fortalecida la voluntad y sobre todo a valorar la libertad que hoy tenemos. Aconsejo a los que empiezan y que tengan dudas, que aguanten y sean pacientes, que escuchen los consejos que les pueden dar los que más tiempo llevan, y que sigan las recomendaciones del Dr. Bombín, que con el paso del tiempo todo se consigue, pero sin prisas, pues esto es una carrera de fondo, no de velocidad. Y no me queda más que dar las gracias a todo el Grupo de Asistencia, en particular a Paloma por ser la última incorporación a dicho Grupo, por su labor de dar su testimonio en colegios e institutos y por la ayuda prestada a otras personas del Centro para su rehabilitación, en la que con esos compromisos ha puesto el listón muy alto, lo cual me llena de satisfacción por lo mucho que ha avanzado en los últimos meses, y esto es bueno para todo el Grupo. Gracias a todos y en primer lugar al Dr. Bombín y al Equipo Técnico por todo lo que nos están enseñando y con el cariño que nos tratan sin pedir nada a cambio. Muchas gracias. Valladolid, 16 de diciembre de 2000 Angel
Luis Palacios.
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Jesús | |
Angel
Luis
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TESTIMONIO
SOBRE UN CAMBIO AFECTIVO Para comenzar a analizar mis vivencias en torno a mi evolución afectiva a través de mi rehabilitación alcohólica, me gustaría comentar algo que me sucedía en mi etapa de activo y que en principio puede parecer una cuestión peregrina: No me gustaban las canciones de amor. Las odiaba. Toda esa expresión de sentimientos me parecía plato de gusto para gente morbosa que buscaba revolcarse en la empalagosa recreación de un amor que añoraba porque no había amado nunca, o bien, porque su vida sentimental era tediosa y mediocre. Incluso alguna de estas canciones rayaba para mí lo pornográfico por la forma descarada con que se regodeaba en los sentimientos amorosos. Yo no, mi vida no era así ni mucho menos. No me costaba decir, de vez en cuando, te quiero” pero de ahí no pasaba. Era fiel, aunque seguramente por motivos que sería largo de explicar; mi comportamiento era cortés y educado y compartía gustosamente las tareas del hogar. Por esto creía no necesitar mencionar nada acerca de mis sentimientos, ni que fuera necesario confesarse a la pareja cada cierto tiempo. Tampoco tenía inconveniente en demostrar mi afecto mediante regalos que no hacían sino encubrir mis crecientes exigencias sexuales. De este modo, en realidad, vivíamos en dos compartimentos estancos relacionados por la cuestiones de logística del hogar y unidos por un amor que siempre existió pero que en esas circunstancias estaba sumergido y silencioso. A pesar de todo esto yo era y soy una persona cariñosa, pero este impulso solía dirigirlo hacia aquellas relaciones que no supusieran un compromiso afectivo profundo; me gustaba jugar con los niños y disfrutaba dándoles achuchones y besos. Mis amigos me apreciaban y no dudaban en referirme sus cuitas, ni yo en darles consejo, pero ellos de mí apenas sabían nada más de lo que sospechaban por mis actos. Con mi familia natural mantenía una relación más que distante que yo justificaba por el hecho de haber convivido con mis padres y otros cinco hermanos en un piso de apenas setenta metros cuadrados. Me decía a mí mismo que ya había habido contacto más que suficiente durante mi infancia y primera juventud. A pesar de preocuparnos los unos de los otros en la distancia, jamás verbalizábamos esa preocupación, somos todos parecidos en ese aspecto, y nuestras escasas reuniones familiares abundaban en chistes y trivialidades sin que ninguno se preocupara por el estado de ánimo del otro. Cuando el alcohol secuestró definitivamente mi lucidez y mi permanencia en los bares me arrastró también al juego, la unión entre los círculos tangentes que era mi matrimonio comenzó a rechinar. La coartada de mantener mi individualidad sólo escondía problemas que se iban agravando con cada nueva mentira. Era allí en los bares donde todos los sentimientos que era incapaz de expresar eran rumiados una y otra vez convirtiéndose gracias al alcohol en tortuosos razonamientos para obrar como obraba. Los sentimientos de culpa por hechos del pasado que no tenían solución y por hechos del presente que yo mismo empeoraba me atormentaban y sólo el alcohol los atenuaba para hacer que luego los utilizara como arma arrojadiza contra los demás. Mi carácter se tornó cada vez mas hermético y agresivo, tenía deseos de venganza sin saber muy bien de qué ni de quién. Por fin llegó el momento en que no pude ocultarme a mí mismo que mi vida y con ella mi matrimonio se me escapaba irremediablemente como arena entre los dedos. Siempre me han gustado los tangos, la melancolía del amor definitivamente perdido me atraía por su desesperada tristeza, así que comencé a escribir el mío propio. No podía mantener esa relación que yo creía a salvo de todo, es más, se estaba convirtiendo en un infierno y era yo el que atizaba las llamas. Mi progresiva decadencia me demostraba que lo que yo creía un matrimonio sólido se había construido sobre mis silencios, mis mentiras y la paciencia de mi esposa. No había sabido, ni sabía quererla, ni corresponderla. Y en el estado en que estaba en ese momento no tenía ninguna esperanza de que pudiera conseguir querer a nadie. La soledad, la impotencia y la frustración que sentía por ello se convirtió en ira y agresión, que desembocó en la por mi parte metódica destrucción de mi matrimonio. No me costó mucho porque ya estaba bastante deteriorado. Por fin, y para escapar de esa vorágine destructiva que amenazaba con engullirla, mi mujer me dejó. Después de casi dos años y diversos avatares llegué a la Asociación que ahora nos reúne. Con la abstinencia comencé a sentir en toda su intensidad la suerte de querer a alguien y la suerte de ser correspondido. Comprendí que mi familia natural era la única que tenía y que mi afecto hacia ella debía superar el dolor que supuso su rechazo en algunos casos y sus reticencias en otros, pues ni ellos, ni en cierto modo yo, éramos culpables de lo sucedido. Con la rehabilitación he tenido que comprender que no hay afecto sin compromiso y ese compromiso se basa en la sinceridad a la hora de expresar lo que realmente se siente, guste o no guste. Que al amor no sólo se corresponde con amor, que es necesario sacrificio y dedicación. Que la individualidad no se preserva con secretos, pues la verdad la convierte en riqueza para uno mismo y para los demás. No se puede pretender como yo pretendía conocer a alguien sin permitir que ese alguien te conozca a ti, de este modo la relación es estéril y no aprovecha a ninguna de las partes. Al igual que dos negaciones afirman, sólo podemos hacer luz en nuestras sombras dejando que los demás las iluminen con sus propias sombras. Todo esto que ahora enuncio no es más que la lista de los deberes que me quedan por hacer. En estas cuestiones vale más un capítulo de práctica que una enciclopedia de teoría, y yo no he hecho mas que abrir el libro. De momento alguna canciones de amor me gustan y otras no. Valladolid a 14 de octubre de 1998 Jesús
Romera Redondo
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Esther | |
Angel
Luis
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TESTIMONIO RECORDANDO A MI PADRE Antes del año 89, fecha en la que mi padre era alcohólico e ingresó en el Grupo de Toxicomanías de Cruz Roja Española, el 10 de abril de 1989, no podía imaginar que el alcohol pudiera cambiar tanto a las personas. No
puedo decir exactamente cuándo comenzó mi padre a beber, porque
desde niña recuerdo que en Navidades o determinadas fiestas, se
emborrachaba, cosa que yo por entonces veía como algo normal, incómodo
pero normal. Con el tiempo ya no sólo era en fiestas o en fechas señaladas
sino cualquier día. Y lo que ya recuerdo claramente es,
aproximadamente, un año antes de comenzar la rehabilitación, ya que
aquella conducta de abuso del alcohol se convirtió en una rutina
diaria. Mi
casa era una continua tensión y todos los días nos hacíamos la
misma pregunta: ¿Cómo llegará hoy?”. Cuando venía bebido, lo
único que yo le pedía era que se fuese pronto a la cama y que mi
madre no le reprochara ni le dijese nada, para no darle opción a
discutir, aunque tampoco hacía falta que le dijera mucho, puesto que
con poco, por no decir
con nada, ya estaba gritando como un loco, si no era por la cena era
por la televisión alta
de volumen, siempre había alguna excusa para montarla”. No
recuerdo haberme sentado a charlas con mi padre sobre cómo me iban
los estudios o mis cosas, o las suyas. Entre mi padre y yo, no existía
ningún tipo de comunicación, y pocas, por no decir ninguna, muestra
de afecto. A menudo sentía una gran vergüenza hacia mi padre, sobre
todo cuando yo empezaba a salir y tener mi panda” de amiguetes en
el barrio, y temía a todas horas estar con ellos y encontrarme con él,
andando de un lado a otro de la acera. Y lo mal que me sentía cuando
algún amigo me decía que había visto a mi padre por ahí, como una
cuba. Recuerdo
que siempre ponía excusas a mis compañeros del colegio para no
quedar en mi casa con motivo de hacer los trabajos de clase, por miedo
a que pudiesen ver llegar a mi padre en esas condiciones. Nunca
se podía contar con él para nada, si mi madre le pedía por favor
llegase pronto para salir por ahí con él y conmigo, ya que al final
llegaba bebido, se ponía a discutir y se acababa el salir. En
más de una ocasión yo le dije a mi madre que ojalá se muriese.
Puede que suene duro, pero era una niña y pensaba que mi padre no nos
quería, que nos odiaba, porque yo veía cómo en los bares, con sus
amigotes, de copas, estaba contento, y al llegar a casa, todo eran
gritos, reproches y disputas. Pero al final yo siempre acababa
comprendiendo ç, gracias a mi madre, que mi padre sí nos quería,
pero que estaba enfermo y el alcohol le cambiaba por completo la
personalidad, impidiéndole demostrarnos su cariño. Cuando
mi padre comenzó a rehabilitarse, poco a poco se fueron
restableciendo todas esas cosas tan importantes en una familia y que
antes no existían. La comunicación, ese vínculo padre-hijos-esposa,
ese amor, esa tolerancia, esa comprensión, etc., y ese estar ahí, día
a día, para las cosas buenas y también, cómo no, para las malas. Ahora
puedo hablar con mi padre de todo y sé que si tengo algún problema,
ahí tengo su apoyo, y ahora es una persona con la que se puede
dialogar y razonar, sin miedo a que se ponga a gritar por nada. Y
todos mis sentimientos de vergüenza, que tenía hacia él, se han
transformado en una gran admiración y sé que par él la rehabilitación
no habrá sido un camino de rosas, como supongo no lo será para
nadie, pero esto hace que me sienta aún más orgullosa de él, por
haber salido con fuerza de voluntad, valentía y tesón, de esa droga
tan poderosa y degradante que es el alcohol. Muchas
gracias por vuestra atención y por la ayuda que sé le habéis
dispensado, aunque también me consta lo que él ha contribuido a
ayudar a los demás. Esther Palacios PérezValladolid, junio de 1998 |
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Carmen | |
Angel
Luis
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Me llamo Carmen y soy la mujer de un enfermo alcohólico y ludópata. Quiero,
en estos cuatro años de pertenecer a ATRA, expresarle a mi esposo el
valor de haber estado sin beber y sin jugar, y ahora sin fumar. Creo que
si me lo dicen hace cinco años no me lo creo porque lo venía imposible,
pero ahora veo que nada es imposible. Todo esto no hubiera sido posible
sin la ayuda del Centro. Mi
marido, desde un principio, fue transparente, reconoció que era ludópata
y alcohólico y, para mí, era un valor muy importante. También tengo que
decir que nunca le he tenido que mandar a las terapias de los sábados, a
las cuales he acudido yo también porque creo que es muy importante
escuchar y aprender y más cuando lo que estás escuchando son cosas sobre
la misma enfermedad de tu marido. Al
principio él se sentía culpable por lo que nos había hecho pasar a la
familia, aunque nunca le dijimos nada, pero él llegaba triste a casa y no
hablaba con sus hijos ni conmigo tampoco. Nos tenía como unos extraños
y, claro, mis hijos me decían: Mamá, ¿pero tú lo comentas en el
Centro?”, y yo les decía que claro que sí, que me contestan tenga
paciencia, que es lento; yo aguantaba porque había que ayudarle. Pedimos
consulta con el Dr. Bombín, nos aconsejó que teníamos que hacer
terapias familiares, con lo cual ha mejorado, aunque hay momentos en los
que está callado, triste y de mal humor, pero a mí me alegra saber que
en el Centro se siente a gusto, y yo le veo reír, conversar, escuchar y,
sobre todo, ayudar a todas esas personas que se encuentran con su misma
enfermedad, a las cuales las he hecho acudir al Centro. Mi
preocupación es ahora el comportamiento de casa. Un día mi hija y su
novio visitaron el Centro en busca de una solución. Timín llamó a Emma
y nos hizo una terapia y le dijo que tenía alexitimia y que le teníamos
que comprender su inferioridad hacia nosotros. Ahora
yo veo las cosas diferentes, valoro día a día a Pedro; me voy valorando
a mí misma; mis hijos me apoyan, sobre todo mi segunda hija, que es la
que mejor entiende a su padre. Mi hija mayor, la que más ha sufrido por
todo, pretendo ayudarla pero no puedo, espero que algún día lo comprenda
y empiece a valorar y a controlar sus impulsos y que piense que no sólo
ella ha pasado por esto, que hay miles como ella. Por
último mi hijo pequeño, bueno, no tan pequeño, es el que más me ayuda
en el quiosco. Los tres quieren que salgamos, que nos vayamos a las
terapias, que vayamos a bailar, en definitiva, que disfrutemos de la vida,
esa vida que no hemos tenido y que gracias a vosotros la empezamos a
tener. Antes
de despedirme quisiera homenajear al Dr. Bombín por sus terapias
conjuntas en las cuales nos habla de la educación, de la tolerancia, de
la voluntad, el cariño, el amor y un largo etc., de palabras importantes.
A Dª Pilar igualmente, con la que llevamos a un camino mejor a nuestros
enfermos y, como no, a Angel Luis y a Rafa y José, que hace 4 años son
los que fueron a nuestra casa a ofrecernos su ayuda para darnos su mejor
regalo que fue ATRA, a la cual agradezco que estoy es esta casa. Gracias
y Feliz Navidad. Carmen. 16 de diciembre de 2000 |